blog sindria

lunes, 20 de junio de 2016

Vejez infantil



En un vagón de un tren de Berlín hay una lucha.
El señor que está sentado delante de mí intenta cerrar a duras penas la cremallera de su gastado bolsito de piel. No puede con el temblor que está metido dentro de sus manos. Lo intenta una y otra vez, como si se le fuera la vida en ello, pero la suave cremallera no se mueve. No hay diferencia, en esta escena, entre un niño que todavía no domina sus capacidades psicomotrices y el señor de mirada perdida y aspecto cadavérico. Su boca abierta y los huesos sobresalientes no pasan desapercibidos.
Por momentos creo que va a fallecer allí mismo. Su cabeza se tambalea con el movimiento del tren y cuando observa el bolso, derrotado, su silencio se llena de palabras.
De repente me mira fijamente y puedo ver el velo que hay en sus ojos, se me encoge el corazón.
Sus manos frágiles permanecen agarradas al bolsito muy despellejado. No ha podido, no ha podido cerrar la cremallera.
Está esperando, la está esperando, esa es su misión, no parece tener otra idea en la cabeza.
En la siguiente parada sube una madre con su hija. El señor se gira ligeramente y sus labios sonríen.
Ahora siento que ha vuelto. Está aquí, en el vagón, respirando ternura, nostalgia, unos segundos de ilusión.



No hay comentarios:

Publicar un comentario