blog sindria

lunes, 20 de junio de 2016

En lo más alto



Calvo y forzosamente obsoleto, ha decido comprar una escalera, la más alta que encuentre en el mercado. Ha decidido que le va a poner remedio al paro, a sentirse completamente inútil, rechazado y marginado. Ya no puede aguantar la espera, las puertas cerradas, las facturas que se acumulan y los incesantes llantos ahogados de los que viven a su lado. Ha decidido cortar las raíces de este problema que parece no tener fin. Ha comprado la escalera,el dependiente le ha dicho que no encontraría una tan larga como ésta y a continuación, se ha ido a un lugar tranquilo. Un claro de bosque. Se ha introducido unas unas tijeras en el bolsillo del pantalón. Coloca la escalera en el suelo terroso, aprieta un botón y la susodicha comienza a desplegarse automáticamente hacia lo alto mientras la observaba perderse en la lejanía.
Sube peldaño tras peldaño,123456789.........104..........569.........892......1000....2000.......3590...y 4000 "dios mío, ahora entiendo al tío de la tienda cuando me ha dicho lo de  que nunca encontraría una tan larga como ésta". El último peldaño es el más ancho de todos así puede descansar tranquilo sobre una buena y sólida base.
"Muy bien, ya estoy, aquí me encuentro, solo ante el desierto de nubes, he conseguido llegar a este nivel yo solito, sin la ayuda de nadie, sirvo al menos para algo, me cago en la hostia, dichosa vida de las narices ¿quién me iba a decir a mí que iba a llegar a este punto? Pero yo me he dicho que voy a acabar con todo esto, que no puedo alargar más este sufrimiento que me oprime el pecho y me quita las ganas de seguir adelante. Yo me he prometido que encontraría una solución y me encuentro a pocos metros de ella".
El hombre saca las tijeras del bolsillo de su pantalón. Extiende el brazo y comienza a cortar el cielo. Sin casi darse cuenta la escalera ha comenzado a moverse sola, sigue alargándose para ayudar al hombrecillo en su cometido. Corta, corta, corta y sigue cortando para encontrarse con el otro mundo, el que está detrás de ese color azul. El corte es largo y la tela celeste se ha ido enrollando hacia el otro lado. La ventana está abierta y el nuevo espacio tiene un color verdoso, como el del mar. El hombre tiene un brillo desconocido en sus ojos.
"Ahora voy a poder hablar con ellos, los llamaré con todas mis fuerzas  para que me den los  buenos consejos que solo ellos sabían darme, abueloooooooooooooooo, abuelaaaaaaaaaaaaaa, mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, si estáis ahí hacedme una señal!!!!!!! Soy yo, Jorge".
No hubo ninguna respuesta.
Y comenzó a llover. Palabras,frases, letras, vocales, consonantes, onomatopeyas, exclamaciones, signos de interrogación, puntos suspensivos, comillas, comas y guiones.
Jorge estaba empapado de recuerdos.
La tinta de sus familiares envolvía cada rincón de su piel.
Y allí en lo alto, lo más cerca que había estado de ellos en muchos años, reencontró la fuerza para volver a apretar el botón y descender, caer en picado.
Supo en ese intante que siempre podría volver a levantarse.



Vejez infantil



En un vagón de un tren de Berlín hay una lucha.
El señor que está sentado delante de mí intenta cerrar a duras penas la cremallera de su gastado bolsito de piel. No puede con el temblor que está metido dentro de sus manos. Lo intenta una y otra vez, como si se le fuera la vida en ello, pero la suave cremallera no se mueve. No hay diferencia, en esta escena, entre un niño que todavía no domina sus capacidades psicomotrices y el señor de mirada perdida y aspecto cadavérico. Su boca abierta y los huesos sobresalientes no pasan desapercibidos.
Por momentos creo que va a fallecer allí mismo. Su cabeza se tambalea con el movimiento del tren y cuando observa el bolso, derrotado, su silencio se llena de palabras.
De repente me mira fijamente y puedo ver el velo que hay en sus ojos, se me encoge el corazón.
Sus manos frágiles permanecen agarradas al bolsito muy despellejado. No ha podido, no ha podido cerrar la cremallera.
Está esperando, la está esperando, esa es su misión, no parece tener otra idea en la cabeza.
En la siguiente parada sube una madre con su hija. El señor se gira ligeramente y sus labios sonríen.
Ahora siento que ha vuelto. Está aquí, en el vagón, respirando ternura, nostalgia, unos segundos de ilusión.