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miércoles, 18 de mayo de 2016

Fin de las citas


Se pone un vestido casi nuevo, se maquilla y se recoge el pelo. Ya lleva los tacones y ha decidido no perfumarse, queda apenas una hora para la cita. Se pone un collar, se quita los pendientes y se cambia los zapatos. Añade colorete a las mejillas y elige otro collar. Se repasa los ojos y hace algo que nunca había hecho, pintarse los labios de rojo, es la edad, se dijo.
Se mira en el espejo y se tapa las ojeras con un corrector. Se suelta el pelo, observa sus canas e inclina la cabeza.  Se hace una trenza, la suelta, se toca el vientre, las caderas y se aprieta las carnes con los dedos. Se levanta. Se quita el vestido y se pone una camisa y pantalones blancos  impolutos.  Coge la botella de perfume y al final  deja caer unas gotas por detrás de cada lóbulo. Se estira la cara y se pone crema en las manos, de fondo suena Beethoven. Se mira en el espejo y se odia, meticulosamente, con mucha paciencia. Escucha los susurros  de su insoportable enemistad y no aguanta  la culpabilidad y los reproches acumulados. Se sienta a abre con cuidado una pequeña caja y allí dentro están las cuatro siguiendo un paralelismo perfecto. 
Las tenía allí como oro en paño y pensó que ya había llegado el momento de usarlas.
 Las levanta con sumo cuidado  y las coloca a  un lado de su cabeza, se quedan flotando, las comilllas ya están abiertas entre el silencio que ahora emiten sus labios y el otro lado de su perfil.  Se hace una foto con el móvil, la mira con detenimiento buscando en ella los defectos y  el paso del tiempo en su rostro. Cierra los ojos y se lo imagina sentado, en la mesa del restaurante al que  van  todos  los viernes por la noche, con sus vaqueros y las camisas de cuadros que tanto le gustan. Percibe incluso su olor, el que siempre había querido retener en su piel.  Puede ver con toda claridad la sonrisa que siempre le dedica como si fuese la única mujer en el mundo.  Sabe que será otro viernes manchado de estúpidas promesas, rodeado de  regalos que necesitan compensar los años de espera.  Y es entonces cuando sus valientes labios osan decir:

“No voy más”. Estira el brazo hacia la caja y se cierra las comillas.  

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