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jueves, 3 de marzo de 2016

Las manecillas del reloj

Ráfagas de viento envuelven la mañana y desde la fachada nos observa el reloj de la estación.
Somos casi papel ante la rabia de la fuerza que nos empuja. Nos castiga, como si quisiera barrernos, exiliarnos con un poder que no controlamos y que nos vuelve enormemente vulnerables, muy insignificantes.
Entre marañas de pelo electrocutadas, pasos dificultosos y ojos entrecerrados ceden las manecillas del reloj, reculan para volver por donde habían venido.
La aplastante y rotunda monotonía cae en un pozo oscuro y profundo.
En los bancos abarrotados de gente se  pasan las páginas de los libros y periódicos al revés. 
Los transeúntes caminan sobre sus manos y chocan sus pies a modo de saludo.
Entrelazan los muslos los enamorados para abrazarse y la lluvia, a punto de caer, vuelve a su vapor condensado.
Ha cesado el viento y los coches deshacen lo avanzado, para volver a ciertos orígenes.
Se encienden los cigarrillos por el filtro y la sopa se mastica con la ayuda de un tenedor.
Mientras desanda los caminos, se vuelve a  plantear la humanidad a sí misma todas las preguntas cuyas respuestas dudosas se han intentado resolver durante miles de años.
Olvidan aburrirse delante de las cocinitas de madera, recuperan la ilusión por los besos, las caricias, la amistad y los ideales. 
Resuenan las músicas que escuchaban una y otra vez en las habitaciones con puerta cerrada y rememoran los saltos de la cama al suelo.
Desaprenden de espaldas la ansiedad por engullir la vida sin saborearla.
Y vuelven a los cuerpos tumbados al sol estival, a los primeros toqueteos inocentes y a todos los libros que no entendieron a temprana edad.
Renuevan la mirada, y los ojos miran hacia adentro para saber qué le piden a la vida, qué esperan de ella, cómo tomarla sin atragantarse, cómo comerla sin que se haga bola, cómo no hacer una bulimia o anorexia de ella.
Se detienen los humanos con las manecillas que siguen a contracorriente, y se acuerdan de la percepción de otros tiempos, en los que nada era tan serio, en los que no tenían la impresión de querer demostrar u obtener resultados de todo cuanto hiciesen. 
Se detienen para calmar ese insaciable deseo de querer comprarlo todo, "viajarlo" todo, escucharlo todo, leerlo todo, saberlo todo, vivirlo todo sin saber exactamente qué significa vivirlo todo.
Las manecillas continúan recorriendo su pasado para preguntarnos qué necesitamos de este presente, de este ahora en el que la prisa del viento nos vuelve algo locos.
Y vuelven los espejos para hablarnos y decirnos que solo nos queda vivir, que existimos y basta con ser, ser en armonía con lo que ya somos.
Retroceden las manecillas, y nos ayudan, con sus intensos recuerdos a entender que el jugo se saca con calma, paciencia y amor.
Siguen caminando, se persiguen en su cuenta atrás y así nos invaden las imágenes que nos han acompañado dentro de esta maleta llena de alma y sentimientos. 
Puede que  hubiésemos querido acumular otras imágenes, muy distintas de las que ya pertenecen a nuestra memoria. Puede que hubiésemos querido escuchar que siempre se sintieron muy orgullosos de nosotros, que nos querían con locura y que hubiésemos conseguido cualquier cosa si nos lo hubiésemos propuesto.
Quizás nos gustaría borrar muchas de ellas, pero son las que nos enseñan cada día a querer ser quienes somos.
Siguen desandando,esas manecillas arrastradas por el viento, y nos reencuentran incluso con los que ya no están a nuestro lado, y nos dejan hablarles, decirles todo lo que no pudimos cuando todavía estaban vivos. 
Perdonar, perdonarlo todo.
El viento, hace de las manecillas cangrejos que nos conectan con la infancia, la tan tan tan tan olvidada por el mundo que pretende ser adulto y cuerdo todos los días.
El viento nos lleva la vista atrás y nos hace reflexionar, el viento siempre mueve las manecillas.




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