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miércoles, 3 de febrero de 2016

Y seguirá.....

Sacamos los paraguas porque entre las paredes de cristal ovaladas llueven finísimos granos de arena.
Uno tras otro y otro  y más, más, más, más, más y mucho más, van campantes cubriendo dulcemente los pies que intentan correr lo más rápido posible.
Resbalamos y sigue el chirimiri sobre nuestras cabezas.
Caemos sobre el mullido cojín de polvo y entre los dedos se escapan las gotas de sal, inasibles; se van deslizando hasta sumarse a la montaña que cubre cada vez más nuestros cuerpos.
Y entonces, todas las palabras que no encontramos,
que la vida no tiene.
Todos los desasosiegos que no podemos controlar.
Todas las preguntas manifestándose,
que no logramos ni quizás logremos responder.
Todos los lugares que no visitaremos y los sueños,
los sueños que nos visitan,
cada vez más narcolépticos.
Prisas, carreras, todo, todo va zumbando para llegar hacia algún lugar,
para intentar desafiar a la evidencia,
evadir el cambio al que estamos abocados y olvidarnos de que a la vuelta de la esquina
nos espera un silencio.
Ritmos acelerados para hallar el sentido, la alegría, la pena,
tal vez un cierto equilibrio.
Y nos enfurecemos a veces con un ente que no existe, ése, al que le daríamos una paliza por todas las cosas que no deberían formar parte de este mundo y sin embargo existen, existieron y existirán.
Ya no queremos saber de Rousseau y la bondad del hombre.
Sostenemos los paraguas porque hay tormenta en el desierto,
no conseguimos ver nada,
trepamos por las paredes inhóspitas, en vano,
y queremos agarrar con los puños el viento, los sonidos, la comprensión.
Entre dunas sólo hay hojas en blanco, arrugas que nos saludan sonrientes.
Es ya una piscina y queremos nadar,
huir,
descubrir,
dialogar,
saber,
hacer.
Pero no se detiene el torrente de la bóveda.
Vamos de aquí para allá y pensamos, y comemos, pensamos, buscamos, comemos, amamos, deshacemos, abandonamos, viajamos, dormimos, comemos, educamos, emprendemos, respiramos, enloquecemos, reímos, sufrimos y comemos, pensamos y hablamos.
Seguimos y deseamos acercarnos a las ideas, a veces a un erróneo y absurdo ideal.
Y pasa que no sabemos qué hacer, cómo hacer o dejar de hacerlo.
Abrimos, cerramos, buscamos como cerdos las trufas.
Llueve,
llueve entre paredes de cristal ovaladas.
Continua el barullo,
sentimos, todo,
pero no podemos escuchar.
Llueve, llueve,
no se acaban los granos que nos envuelven como un regalo que nadie abrirá.
El silencio, se escucha,
nosotros ya ni lo escuchamos.


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