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lunes, 11 de enero de 2016

bésame mucho

Se estampó.
Claramente,
fue un avión aterrizando en la pista de mis labios.
El beso mosquito,
colándose sin poder evitarlo,
el de auto de choque sin música de feria.
Se remontó,
el beso,
al patio de colegio,
vergonzoso, miedoso, tímido y robado.
Se manifestó niño,
dentro del cuerpo adulto,
rayo,
entre boca de tormenta.
Fui desconcierto y ojos de plato
en las calles de Ruzafa.
Aquel beso,
fue nota de humor,
recuerdo
en el diario de los besos.
Como el primero o aquel,
vestido de tal excitación y
con el que casi desencajamos
la lengua de su lugar.
No se olvidan los besos tan deseados en el cine,
y aquellos delante del televisor,
con la famosa excusa de:
"Vamos a ver una película"
cuyo final jamás se contempla.
Hay cruces de labios que se entienden,
comparten ritmos y movimientos.
Otros fugaces que no vuelven.
Hay siluetas,
perfiles confundidos,
fundidos
en el beso.
Labios adolescentes que se pasean eternos
entre las húmedas almohadas sonrojadas.
Besos redondos,
que animan los días cuadrados.
Mariposas suaves,
sobre frentes,
narices, mejillas y barbillas.
Besos que se agarran,
a la montaña del recuerdo,
que nos esculpen y moldean
en los talleres del amor.
Besos que crearon bandas sonoras en
parques,
coches,
hoteles,
probadores.
En medio  del oleaje marino.
Hay todos esos BESOS
que hubiésemos dado con gran ímpetu
y que por desgracia no entregamos.
Esos que llegan, llegan, llegan,
y mientras los saboreamos, nos decimos,
¡POR FIN!
No se puede,
no se puede vivir sin ellos,
sin la inclinación,
a la que están subordinados.
De un lado a otro,
péndulos,
badajos que hacen resonar
las campanas del placer.



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