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miércoles, 9 de diciembre de 2015

LA INTENCIÓN amorosa

Parece, casi siempre, que la comida que nos preparan es mucho más rica que la que cocinamos para nosotros y digo yo que será porque nos comemos la intención amorosa del que la hace.
Dice Juan que en la adolescencia le enseñaron a ponerse la mano debajo del culo para que se le durmiera y así tener la sensación de que no era la suya al tocarse, aunque claramente, nada comparable a la intención amorosa ajena.
Nos masajeamos los pies, el cuello, las piernas, la cabeza y la cara, pero de ello no brotan escalofríos, pieles de gallina ni ganas de besarnos porque evidentemente, sigue existiendo la ausencia de la intención amorosa de otro.
Nada comparado a abrazarnos, tú entre mí, yo entre tú, hasta olvidarnos de la olla a presión y las lentejas socarradas.
No vayamos a comparar el silencio de dos cabezas llenas de hierba seca observando la luna y sus vecinas con una que añora o anhela a su lado otro cuerpo tumbado.
Solos, no decimos: "Esta es nuestra canción", a no ser que abraces al gato y lo saques a bailar en medio del salón sin dejar de escuchar sus maullidos que deben de estar diciendo, "que me deje esta loca en el suelo".
No hay carcajadas con una sola lengua en la cima de una montaña, delante del espejo de un baño o en la cama a oscuras a las 4 de la madrugada, a no ser, que nos hayamos fumado un porro o bebido 5 gin tonics.
La bañera ya no encaja las dos piezas de un puzzle y la cocina no escucha las chorradas de los chefs aficionados.
Se acaban las peleas por la sábana y el edredón y por dejar huérfanas a la escoba y la fregona,
Las películas, en casa,  no son comentadas, aunque hay días en los que se acaba por hablar sola y en el cine ya no se susurra indecentemente ni tampoco se hacen manitas.

Es así, dicen por ahí, "ya vendrán los tiempos de compartir".

Buenas noches a los que dormís y soñáis abrazados a otros, a la almohada, o a cualquier animal de compañía.




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