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miércoles, 23 de septiembre de 2015

Luchas

Sigue empujando las ruedas de su silla,
con su mejor sonrisa.
Cojea con gran dignidad.
Se levanta, cada mañana, sin su brazo,
sin la vista, con los oídos eternamente taponados.
Se dirige todos los días,
a la puerta del mismo supermercado,
a la misma esquina con su vaso de plástico.
Amanece con resaca, otra vez,
jurándose que sería la última vez.
Avanza por la calle,
sin entender quién y por qué mataron a sus hijos.
Se acuesta con la almohada mojada,
con el corazón seco,
con la fuerza de volver a ponerse en pie.
Se pierde, aunque no hay selva ni desierto aparentes.
Lucha,
lucha sin ganas, hasta encontrarlas de nuevo.
Se arrastra, se acurruca en un cajero,
en un parque y abre otra vez los ojos.
Pasea un carro,
lleno de chatarras,
mete la cabeza en la basura,
y pesca con un palo
lo que para nosotros ya es inútil.
Se encierra entre paredes,
por miedo a que le miren o juzguen,
pero con ganas de abrir las puertas del mundo.
Persigue los sueños con el peso del dolor y la tristeza.
Quema los kilómetros,
en busca de metas que le aferren a la vida.
Pelea para encontrar un lugar en el mundo
y no se rinde, no agacha la cabeza,
porque erguida,
percibe mejor el horizonte.



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