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domingo, 30 de agosto de 2015

Algún tatuaje


Se tatúa la espalda
en su nombre y
el dolor que escribe la aguja,
atraviesa la piel y
no es comparable a la palabra
AUSENCIA
que hay esculpida en el alma.
Acortamos la distancia,
hacia su cuerpo ya desaparecido.
Persiguiendo sus pasos,
reencontrándonos con sus últimos años
en la capital argentina.
Puede que nos mire desde otra energía,
con otra forma, en otra dimensión
y así,
puedo sonreírle un poco,
para que sepa que es por ella.
No nos espera,
y en el cementerio,
delante de una dura y fría piedra
con un ramo blanco,
se posan dos nubes
para llorar y justo,
bajando la mirada,
dos dientes de león,
posados delante de su lápida.
Los golpes, incrustados,
en no sé qué parte del cuerpo
a veces entre pecho y espalda,
otros en el estómago,
se acurrucan y se transforman
en tristeza,
que viene y se va
por algún poro de la piel.
Los cambios,
imparables,
nos hacen,
como pajarillos recién nacidos,
caernos de las ramas,
justo a tiempo para empezar
a mirar la vida de otra manera.
El jarro de agua fría
nos despierta hacia un nuevo camino,
nos regala la fuerza para seguir
con los ojos abiertos y
las ganas de aprovechar cada instante
tan efímeros,
tan rápidos,
tan vivos.

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