blog sindria

sábado, 6 de septiembre de 2014

Blanca nieve


Esquibrir, así lo decía, no había manera de que lo pronunciase correctamente.
Lo repetíamos juntos, una y otra vez, "ESQUIBRIR NO, escribir, ES-CRI- BIR, ES CRI CRI CRI BIR". Pero Uriel, con su pancheta regordeta de comer facturas y galletitas saladas volvía a decir: ESQUIBRIR, aunque aquella manera de pronunciar fuera mucho más complicada que repetir la palabra original.
Se ponía serio y nos miraba sin pestañear, se preparaba como si estuviese a punto de lanzarse de cabeza a la piscina, pero de su boca volvía a brotar la flor ESQUIBRIR. Y cuando ya lo habíamos intentado todo, se escuchaba la voz de su madre al otro lado de la reja: URIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII, THIAGOOOOOOOOO, a casaaaaaa, salían corriendo los dos hermanos, normalmente llenos de tierra o barro y sin camiseta, porque había estallado la primavera en la provincia de Buenos Aires.
Tuve que ir hasta la Matanza para descubrir que escribir es casi como esquiar.
Posicionarse sobre la pista blanca e impoluta, tomar la inclinación adecuada y lanzarse, a veces sin pensar, embalándose, otras frenando para ir avanzando sobre el espacio vacío. Dejar alguna huella, con sentido o sin él, necesaria o completamente inútil.
Descender, descansar para desmelenarse de nuevo desmenuzando las ideas que pasean en las carreteras del cerebro.

ESQUIBIRIR sin chocarnos o estamparnos con nadie, esquivando la inseguridad de no dar el paso a la pendiente inmaculada que se presenta ante nuestra mirada.
ESQUIBRIR para disfrutar del camino, para salir de los hoyos y socavones, para levantar el cuerpo hacia un nuevo esfuerzo, hacia un recién nacido reto.
ESQUIBRIR para saber que el equilibrio se encuentra rodando sobre las pistas de la vida.

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