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viernes, 1 de agosto de 2014

Enamoradas del día a día


Éramos pequeños.
No hacía falta nada.
Ni viajes, ni lugares demasiado exóticos.
Muñecas, muñecos,cochecitos, cocinitas, escondites, 
3 horas bajo el agua,
disfraces,
un paquete de pipas, otro de chucherías,
bocadillos de chocolate, pimentón dulce con aceite,
bicicletas, monopatines y
mucha imaginación.
No dormíamos en hoteles y amábamos la rutina
que nos envolvía.
Disfrutábamos de la  mañana, el mediodía, la tarde y las primeras noches
a las que desesperadamente les exprimíamos el jugo,
esos minutos de más,
mendigados de rodillas para
volver corriendo
junto a 8 personas más, 
a un campo de fútbol
desde el que observar las estrellas,
y algunas, alboratadas,
salían de viaje hacia no se sabe qué lugar.
Comenzaban las primeras mentiras,
las que escondían la expectación de lo prohíbido,
la excitación de la novedad.
Los sentidos,
como flores recién nacidas
palpaban los besos en un coche
con ventanillas empapadas,
fumaban el repugnante sabor del tabaco,
se hidrataban con bebidas desconocidas y
escuchaban los discursos "progenitorales"
que intentaban transmitir la cordura
que no aceptábamos.
Nos succionábamos hasta la apnea,
nos sentábamos en las estaciones
y el tiempo paseaba sobre los raíles mudos.
Todos los días el mismo paisaje
la misma ilusión,
la idéntica alegría que jamás nos aburría
y nos alejaba de la inútil queja
y el anhelo de tener más de lo que teníamos.
El mismo mar,
la misma piscina,
las mismas series televisivas,
el mismo tour,
la misma lluvia
y siempre
las mismas constelaciones en los ojos.






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