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martes, 15 de julio de 2014

Nada cambia si nada cambia

Nada cambia si nada cambia


Se definió a sí mismo como introvertido y decía tener pocos amigos aunque siempre había querido cambiar ese aspecto de su personalidad algo antisocial. Vivía con su mujer e hijo, practicaba el budismo desde los 5 años y  no le gustaban los perros, los detestaba. Es todo cuanto sabía de él.
Los pelos, el olor, los ladridos y salir a pasear a pesar de no tener ganas era completamente inútil e incomprensible para su razocinio. Pero a veces la fuerza de gravedad nos lanza la manzana reveladora de  verdades y cambios  para despertar lo que permanece aletargado en nuestro interior.
Eran dos contra uno, madre e hijo estaban empeñados en tener un fiel animal de compañía en el piso en el que vivían. Las fuerzas de gravedad unidas consiguieron su misión y convencieron al reticente, categórico y tajante padre cansado ya de escuchar las voces que le suplicaban día y noche un cuatro patas en casa.
La visita del canino no tardó demasiado ni tampoco los acontecimientos que se desencadenaron más tarde.
Llamémoslo destino, casualidad o causalidad, el padre se quedó sin trabajo mientras que a su mujer le aumentaron las horas. Como él explicaba, toda la responsabilidad de la gran manzana mamífera había caído sobre su cráneo recubierto de largos cabellos, siempre recogidos en una coleta bien estirada.
Empezaban los paseos forzados, las bolsitas llenas de caca, los lametazos llenos de babas y los pelos incrustados en el pantalón y la funda del sofá.
Lo odiaba, pero se lo tomó:
Como un acto de amor hacia las dos personas que más quería en el mundo y una evolución personal en el camino de la tolerancia.  
Así que, aunque su resistencia se ablandaba y amoldaba paulatinamente a la nueva situación, hacía esfuerzos por aceptar y apreciar a su nuevo y peludo compañero.
Los días transcurrían entre preocupaciones laborales y parques llenos de personas enamoradas de sus perros. La fuerza de gravedad siguió golpeando contundentemente y no tuvo más remedio que abrir su corazón, que a veces consideraba algo egoista. Las conversaciones se volvían más habituales entre los dueños que sujetaban las correas mientras observaban juguetear en libertad a sus niños de orejas caídas o  tiesas. Le tomó tal gustillo a las reuniones vecinales que sin darse cuenta su alma se iba abriendo ante la mirada de los que ya no eran tan desconocidos, entre ellos una mujer con graves problemas de salud y  un hombre con historias muy crudas de escuchar. Se estableció desde aquel parque una amistad a la que jamás habría aspirado o simplemente imaginado.
Simba, el protagonista de la historia no comprendía las palabras, ni los sentimientos humanos, pero a su dueño le estaba regalando una inexplicable  humanidad y sobre todo la fuerza de un león.
Madre, hijo y  padre cambiaron de piso.Lla hermosa manzana reposaba todavía sobre la cabeza del padre que no dejaba de centrifugar sus problemas laborales. Simba ya era parte de la familia y un gran amigo del padre aunque el rey de la selva jamás abriera la boca para aconsejarle sobre lo que le afligía.
En el nuevo barrio, un nuevo parque, nuevas amistades y nuevas soluciones. El padre conoce a un hombre.
Seguimos sin saber si a esto se le llama destino, casualidad o causalidad, pero este hombre se convierte en su socio y montan un negocio juntos.
Simba llegó porque tenía que llegar. Para abrir el corazón, para alegrar las tardes en los parques, para pasear entre nubes de esperanza, para hacerle saber que si nada cambia nada cambia.  


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