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miércoles, 9 de abril de 2014

¿Existirá?



¿Existirá?

Los limpiaparabrisas se movían, aunque no lloviese.
El fino y a veces casi imperceptible y brillante hilo de telaraña permanecía fiel a las ramas del pino.
Algunos cuerpos en el mar flotaban acunados por el incesante vaivén que los envolvía, otros se agitaban decididos o desesperados y muchos se ahogaban sin remedio.
Muchas caras, iluminadas por las pantallas de la mentira, lloraban desesperadas.
La sangre brotaba a borbotones de las paredes de los edificios, inundando las calles de absurda barbarie indescriptible.
Los gatos, unas patas detrás de otras, atravesaban los solares del silencio mortecino.
Los hierbajos salían de los grifos de las cocinas y baños.
El viento empujaba los columpios huérfanos de niños.
Se maquillaba el sol con humo negro enemigo.
Las pastillas multicolores invadían los suelos infértiles.
Las pieles mohosas se desprendían del esqueleto.
Se escapaban los bigotes de las bocas, rumbo al cielo roto.
Los árboles se pusieron el pijama antes de que la mosca tsé-tsé les picase el alma.
Las flores, derrotadas, se arrancaron los pétalos las unas a las otras.
Millones de gomas mentales borraron verdes, azules, marrones, amarillos, grises y naranjas que jamás volverían.
Billones de papeles manchados de rojo se mezclaban con zapatos, brazos, piernas y mudas respiraciones.




El Terrícola

Entró la gamba Juana, muy bien vestida, con un collar de perlas auténticas y un vestido negro hasta los pies. Se sentó en la mesa que tenía el cartel de RESERVADO y se retiró los bigotes hacia atrás.
Llegó después el cerdo Alfredo, mucho más delgado que hacía unos meses, porque había hecho una dieta de arroz integral con algas wakame. Aunque esa noche iba a darse un homenaje. Alfredo llevaba tirantes negros, camisa a cuadros blancos y negros y un pantalón de pinza.
Cinco minutos más tarde entró la vaca Muriel con una minifalda de tubo negra, una camisa roja y unas botas con plataforma espectaculares. Había cambiado su habitual collar de cencerro por una gargantilla negra de terciopelo de la que colgaba una foto circular de su amado buey Abelardo.
Tres minutos más tarde el cordero Felix, con un aspecto desenfadado, entre popero y vintage, hizo su aparición en el restaurante de moda al que todos iban llegando a cuentagotas.
Ocho minutos pasaron hasta que el pulpo Hugo atravesó la recepción. Sus ocho patas lucían un look ibizenco acopladísimo a su personalidad progresista.
Felipe, el besugo, abrió la puerta 20 segundos después. Trajeado de arriba a abajo, repeinado y afeitado, saludó con ojos de merluza a todos los comensales.
Una hora más tarde llegó Andrea el caracol, un nombre muy adecuado a su condición "hemafrodítica". Andrea vestía "híbridamente". Pantalón de pitillo, camiseta de tirantes, pamela rosa y foulard azul celeste muy vaporoso.
Radiantes y contentos de volver a reencontrarse después de tanto tiempo, plantaron las narices, orificios, antenas, ojos y bigotes delante de la carta.
Diez segundos más tarde, cada uno de ellos ya había hecho su elección.
Juana la gamba pidió 4 adolescentes a la planchay (el especial de Lucía, Alicia, Amanda y Noa). El camarero las sirvió sobre una tabla gigante y ella las devoró dejando para el final el placer de succionar las jugosas cabezas.
Alfredo el cerdo pidió un tierno niñoillo al horno con manzana asturiana. El marrano tardó diez escasos minutos en engullir la tersa piel que se le deshacía en las fauces.
Muriel pidió Bistec de veinteañera gimnasta a la pimienta. Tres buenos kilos de cuadriceps elásticos que desaparecieron en menos de lo que come un gallo: dos cortadas de pechos operados y bien hormonados.
Felix, pidió lo habitual, cerebro rebozado de superdotado acompañado de cortezas de labios carnosos africanos.
Hugo el pulpo se comió una lengua curada de cincuentona sana como una manzana y dos grandes orejas empanadas de ochentón vasco.
Felipe el besugo cambió su tradicional plato de narices puntiagudas a la romana por un bocadillo de mejillas gruesas y sonrosadas con salsa chimichurri.
Andrea el caracol estuvo tentad@ de pedir dedos cuarentones en su salsa, pero acabó por degustar espalda rustidita de estadounidense con su puntazo de 240g/dl de colesterol en sangre.
Dejaron espacio para un postre casero, especialidad de la casa: Codos halterófilos con salsa de chocolate caliente.

Salieron del restaurante de moda, EL TERRÍCOLA, rememorando con sus paladares la gran gama de sabores humanos.

¿Os imagináis que me chuparan la cabeza? Dijo Juana a carcajadas.








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