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martes, 1 de abril de 2014

Estación Sur


Estación Sur


Para variar, se llena la maleta demasiado. Esa absurda manía de acumular lo que al final no acabamos usando, pero siempre hay un añadido que se llama  por si acaso. Luego uno se arrepiente de arrastrar el peso, de pasear por pasear lo que podía haberse quedado, pero nos gusta tener la absurda sensación de acogernos a algo, aunque no respire ni nos hable. Ahora el fardo reposa en el suelo de una cafetería de una estación de autobuses madrileña, mientras me encanto con el escenario cambiante.
Una chica que remueve sin cesar la cucharilla en el café mientras escucha, al que parece ser su padre, y que habla con gran convicción y entusiasmo. Parpadea,a veces sonríe y lo escucha con atención. A su lado, el que supongo es su hermano, no parece tan interesado. Lleva dos letras chinas tatuadas detrás de la oreja y no pronuncia palabra, creo que se aburre con el monólogo, casi incesante, de su supuesto padre. Su mirada desprecia las lecciones del adulto, baja la cabeza, aprieta con el cuchillo las migas del plato para abstraerse de las palabras aburridas y con las que parece no estar de acuerdo. Se mira las uñas, se las muerde y esta vez aprieta la mandíbula.
Y todavía quedan 6 horas en esta ciudad, y siguen entrando y saliendo las vidas que hablan o callan, unas en frente de las otras.
Una camarera con cara triste se pasea entre las mesas, recogiendo las bandejas y las tazas que los clientes van dejando. Su cara habla de aburrimiento, de hastío, decepción y cansancio. Sus pasos dibujan el sinsentido de la vida y la esperanza de que llegue un milagro que la aleje de caminar entre el laberinto de sillas por el que no puede perderse, porque el misterio y la sorpresa desaparecieron.
Un hombre con orejas de soplillo, gafas y gorro rayado azul y rojo se rasca la mano, la oreja y la cara.
No sé si espera un autobús o simplemente la soledad del domingo le ha traído hasta la cafetería con la intención de sentir la soledad acompañada y así no pensar en que lo ha perdido todo.
Detrás de él, una mujer elegante, china, japonesa, oriental, muy guapa y de una avanzada edad, sopla dentro de la taza de un té muy caliente. Posa la taza y al apoyar la mano cerca de su ojo aparecen las carreteras arrugadas por las que el tiempo ha conducido. Ella, sonríe, sola, como enamorada de la magia de la vida, con la ilusión en sus pupilas de seguir admirando el vaivén de la diversidad humana.
Una señora de cuyas gafas cuelgan unas cadenitas hacia abajo, columpia los ojos de izquierda a derecha y a veces me mira fijamente, algo seria. Su pelo es de color zanahoria y hace juego con la bolsa de flores que ha dejado encima de la mesa. Lleva un broche dorado con la letra C en su chaqueta, está sola, junto a su maleta y a lo mejor se acuerde del compañero que antes se sentaba frente a ella, también junto a la maleta esperando el autobús para visitar a los nietos.
En otra mesa, una pareja con semblantes dispares. El hombre parece muy deprimido mientras la mujer toca entusiasmadísima la pantalla de su teléfono móvil con una sonrisa de oreja a oreja. Él permanece con la mirada perdida, desganada y las comisuras caídas. No tienen pinta de ser esa pareja en la que la admiración y la alegría todavía permanezcan en pie. Esa con la que todos alguna vez hemos soñado, esa en la que los años han ayudado a crecer, a respetar, comprender y escuchar. Esa que habla de bonita complicidad y que como el buen vino mejora con los años.
En esa mesa hay dos islas, aisladas, separadas por el océano de la rutina que a menudo transformamos en desprecio, olvidándonos de que sólo somos sumas de pequeños instantes irrepetibles y que seguramente gran parte de ellos acabemos por olvidar.
Cinco horas, y querría deshacerme de esta ropa que no me he puesto para pasear por las calles de Madrid que no conozco perdiendo la mirada en sus aceras. Pero sigo observando a la gente que mastica, que intercambia palabras, que espera, que recuerda, que sueña y a veces desespera dando vueltas a los pensamientos que les dibujan las caras y los cuerpos. Esas personas, con un pasado que los ha traído a la estación, con un presente que a veces aman u odian, con un futuro que desconocen y por el que luchan de la mejor manera que conocen, cada día que se levantan. Ese futuro que está escondido entre las agujas del reloj  que se persiguen, que no cesan de hacerlo, mientras nosotros tampoco lo hacemos hasta que el destino así lo decida.
Sonrío a la camarera, ella también lo hace. Espero que haya sentido que es mi pequeño gesto para agradecer la labor que hace cada día entre migas, cucharillas y servilletas.
Hacemos lo mejor que sabemos, lo mejor que podemos.

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