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domingo, 9 de febrero de 2014

Jazz



Se encerraron en aquel piso de una sola pieza.
El cielo estaba muy negro, tan negro que las pequeñas luciérnagas inmóviles brillaban más de lo normal.
Su melena, pantalón y camisa iban a juego con el impenetrable cielo parisino.
Sin embargo Marcel, llevaba una camisa blanca y un pantalón de pana marrón.
Velas, muchas velas temblaban acariciadas por la voz de Billie Holliday que inundaba cada metro cuadrado del apartamento en el que vivían.
Los labios sellados, las mejillas como cojines , una encima de la otra. Mientras un brazo izquierdo extendido se enamoraba de un derecho, los dedos entrecruzaban huesos e intercambiaban temperaturas. Otros dedos descansaban en el omoplato y también más abajo, en la antesala de las nalgas. Las respiraciones agitaban las olas de sus vientres que se besaban y alejaban sin cesar. Cerraron los ojos y esta vez Sarah Vaughan ocupó sus mentes, meció sus pies y les hizo olvidar que fuera unos 7000 millones de personas, más o menos, también respiraban.
Sus corazones bombeaban notas, pentagramas, melodías que se encontraban para bailar en un solo cuerpo. Ray Charles estiraba sus sonrisas, encendía su complicidad y les acelaraba el alma. El vino recorría las carreteras azules por las que dos esqueletos enamorados conducían. Y sus lenguas, más oscuras, seguían sin moverse.
No existían reproches, rencores, odio, rabia, celos ni envidias, sólo admiración, comprensión y respeto. Años de palabras intercambiadas y momentos archivados se resumían en silencios llenos de música, silencios que lo decían todo, que contenían la historia de dos vidas.
Nada, nadie impidió que llegasen a donde habían llegado, a ese algo llamado amor con todos sus matices, todo su arte, todas sus sombras y colores, con toda la intensidad que no se había perdido por el camino de la decepción y desilusión. Permanecían intactas las ansias de lo que sólo ellos entendían.
Ella se moría.
Aquella noche habían decidido bailar jazz hasta caer completamente rendidos ante la fuerza de la pasión, ante la incomprensión de lo que se acaba, Dinah Washington cantaba Cry me a river en aquel salón que lloraba imaginando la soledad de un hombre que iba a llamarse viudo. Te amo.

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