blog sindria

viernes, 24 de enero de 2014

SERVILLETAS y otros detalles


PESCANDO lo intocable

Una noche de paz oscura,
en medio de una plaza de una ciudad irritada,
un estrellador, lanzó su caña
para que el anzuelo de la curiosidad,
pescara los vertebrados brillantes
de un mar sin agua.



SERVILLETAS

En una mesa, se reunieron el 55, el 54, el 70, el 25 y el 31, más o menos.
El popurrí es fascinante,las confesiones variopintas, las desvariaciones magníficas, la compañía inmejorable y el momento mágico, como las estrellas que brillaban aquella noche.
Hay quienes gastan la misma servilleta del desayuno para ir al baño, cuestión de respetar el planeta, algo que comparto con mucha fe.
Hay quienes se limpian con la proa o con la popa, según les pegue el viento.
Hay quienes hacen una bola, y quienes la pliegan aplicadamente para presionar con elegancia las comisuras maquilladas de tomate, mayonesa y aceite de oliva.
Hay otros a quienes podríamos definir como servilletólogos.
Su principal función: hacer un análisis de la personalidad a través de cómo alguien ensucia una servilleta. Algo así como el que adivina el futuro a través del poso del café.
Hay servilletas de urgencia guardadas en cajones, bolsos, bolsas, bolsillos y mangas de camisas, como solía hacer mi abuela.
Hay servilletas, blancas, con poesía infinita.
Hay servilletas-folio de espontáneos inspirados.
Hay servilletas que borran huellas y otras que dejan.
Hay servilletas que despiertan juventud, alegría e ingenio.
Hay servilletas que marcan un domingo en el calendario de las lágrimas que saltan porque la risa las asfixia.



Pequeños detalles

Observaba las arrugas de su frente. Eran casi como los surcos de una huerta. Respiraba con la boca entreabierta y se agarraba con las dos manos a un paraguas negro y largo. Tenía la mirada perdida y parecía despreocupado, con la conciencicia tranquila de haber trazado toda una vida.
Dos chicos jóvenes, hablando de la lengua alemana se sentaron separados, le cedí el sitio a uno de ellos y me senté, con la libreta y mi pluma en mano, al lado del señor de pelo blanco.
-La vida está llena de pequeños detalles, me dijo.
-Es cierto, sólo hay que fijarse, porque están en todas partes, le contesté.
-El tiempo que hacía que no veía escribir con pluma.
-Me la regaló un amigo por mi cumpleaños, y me recuerda a la infancia. Algún día desaparecerán, como los bolígrafos y todo lo que va con tinta.
-Seguramente, pero no estaremos aquí para verlo.
-Me encantaría vivir mil años para ver qué sucede en el futuro.
-Mejor que no, porque llega un momento en el que le llega la hora al cuerpo, por muy lúcidos que estemos.
-Pero es increíble como cambia nuestro alrededor, las costumbres, la tecnología.
- Uy, si mi padre levantara cabeza, cuando tenía que esperar a que la teleoperadora contactara con la línea, y total, para hablar desde Paterna con alguien de Alboraya. Además, no tenía coche e iba en bici a todas partes. Ahora veo a mis nietos pequeños volviéndose locos con las pantallas y ves a saber qué harán cuando sean mayores.

Llegaba a su destino y como toda persona que ya ha vivido sus años me dijo: "Todo esto era huerta, aquí no había nada, bueno, gracias muy agradable la conversación".
"Que vaya muy bien le dije" y mientras lo miraba bajar del tren pensé que yo también empezaba a hablar de lo que iba cambiando a mi alrededor, de las calles que ahora están asfaltadas, de los edificios y hoteles que no estaban, de las tablets, los ipods, los sitios que ya cerraron y a los que íbamos a bailar, las peonzas de madera pintadas con rotulador y los walkmans con casetes.
Inevitablemente, avanzamos hacia las arrugas y la quietud, aunque el brillo de los ojos no se apague con los años.



1 comentario:

  1. Poca prosa te he leído (abunda la poesía), de hecho empiezas con una poesía.
    Me gusta la poesía aunque no llego a entenderla del todo, quizás sea mi incultura al respecto.

    Esta entrada me ha gustado. Muy interesante las servilletas, y los pequeños detalles genial.

    Prodígate más en prosa.

    Un saludo

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