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martes, 28 de enero de 2014

Las verdaderas armas


Las verdaderas armas

Desde la torre de control desde la que se supone debería estar vigilando y controlando el panorama hay un soldado flaquito de mirada viva y expresión graciosa, tan graciosa que nadie sabía cuándo bromeaba o hablaba en serio. Deja a un lado el arma que tenía en sus manos, la apoya en el hierro de la barandilla, saca un boli y una libreta y se pone a escribir poesía. Era el año 82. Su compañero, alucinado con la situación, pensó, a éste se le cae el pelo.
Se escuchan pasos desde las escaleras, el poesoldado lanza la libreta dentro de su bolsa y mete el bolígrafo dentro de la escopeta.
Ahora sí que está bien cargada, se dijo a sí mismo, lista para seguir disparando toda la metralla que llevo dentro.



Desdudándome, una palabra de Galeano.

No sé qué hará cuándo me desnude, decía.
No sé, sinceramente me pregunto cómo reaccionará
cuando me despoje
de algodones, poliesters, sintéticos, elastanos, panas, franelas y afelpados.
Cuando me plante ante ella,
tal cual llegué al mundo,
sin versos ni reversos,
sin más protección
que las siete capas de piel
que me separan de estos andamios blancos,
algo gastados por el tiempo,
y que me conducen a ella
sin poder detenerlos.
Quizás agachará la mirada,
o me clavará sus púpilas,
ardientes,
y nos besemos las ideas,
la complicidad,
el humor,
la ternura,
la empatía,
la intuición y
la comprensión,
olvidándonos de que somos cuerpos,
acordándonos de que somos almas que se piensan en el mismo camino.


Una tarde de lunes

Entran a la farmacia dos amigos.
Él con una gorra de color gris y una mochila vaquera,
ella con una chaqueta vaquera y una mochila de cuero.
Ella lo mira y se imagina que pide una cajita de esas para montar una fiesta, pero ésto, son otros asuntos internos.
Una mujer mayor, con las cejas despeinadas y canosas los mira fijamente.
Ellos, medio sonríen.
Él pide un crepe.
Ummmm de chocolate, dice la farmacéutica, qué rico, ahora mismo me comía uno.
La amiga lo mira, pensando que es una broma que le está gastando a la dependienta, pero no, no, efectivamente es un crepe lo que quiere, una venda elástica que no guarda ninguna relación con la tortita francesa de origen bretón.
La mujer mayor, que ya había acabado de comprar, se engancha a la conversación y cuenta que no había ido al colegio, que no sabía casi leer y que casi siempre le apuntaban las cosas que tenía que comprar por miedo a equivocarse al escribirlas.
Hace un momento, dice risueña, yo le he dicho a la dependienta que estaba insultante, pero en realidad no era esa la palabra correcta.
Exuberante, a lo mejor, dice la amiga.
Sí, sí, eso mismo, si es que yo no tengo ni idea.
Se despide con una gran sonrisa, y la observan con ternura.
Crêpes en la barra de la farmacia, farmacéuticas insultantes, cajitas de fiestas, qué pasará con el póximo que entre.





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