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jueves, 30 de enero de 2014

Gracias vida


GRACIAS VIDA

Y despierto pensando,
que si despertásemos,
sería una gran alegría
hacer la cama,
lavarse los dientes mientras
hablamos por teléfono,
sacar la basura,
poder caminar,
la soledad y la compañía,
volver a levantar la persiana,
correr,
aunque no nos persigan,
comer,
cada día,
las miradas
que se cruzan en las calles,
las palabras de agradecimiento,
el esfuerzo,
consecuencia de un buen propósito,
la ducha,
la cama,
los libros,
crear un cus-cus Klan,
el cielo y
las gárgolas que lo habitan,
los besos,
que descarrilan en vaivenes,
la unión,
de los que luchan por transformar
la inuhamanidad en
respeto,
libertad y
justicia con las balas del ejemplo.
Basta con "desparpadarse"
al nuevo amanecer
con la ilusión de ser,
aprender,
y aprovechar esta "animaliracionalidad"
propia de nuestra especie.



Ya se fueron los segundos padres

Si es que están aquí.
En la pantalla cerebral
que genera su recuerdo
y que se nubla con las lágrimas
que los añoran.
Están aquí,
sentaditos,
Antonio en su butaca,
Amalia en la mecedora,
que solía barnizar,
porque algún travieso nieto se dedicaba
a pelar los brazos.
En verano,
ella llevaba baberos de colores que cosía a su gusto
y sandalias a conjunto.
Tonin, como lo solía llamar,
una camiseta interior de tirantes,
casi simpre llena de manchas de aceite,
que intentaba reparar con polvos de talco.
Qué rabia le daba a ella.
"Ya te has manchado otra vez".
"Que voy a hacer, con esta pancha, no puedo arrimarme a la mesa".
"Pues come menos y ponte una servilleta".
Cuando acababan de comer se quedaban traspuestos,
cada uno en su asiento asignado,
de espaldas a la ventana,
desde la que se veían los pinos de aquel tranquilo patio.
Un pequeño concierto de ronquidos
suscitaban las risas,
de los que esperaban despiertos viendo fotos en blanco y negro.
Al despertarse,
cafés de microondas,
pastelitos de boniato o rosegons,
y a pasar el rato.
La mediana disfrutaba
despeinando y peinando a su abuelo,
y abrazando a su abuela entre aquellos grandes pechos
que parecía que fuesen a engullirla.
En invierno,
solía esconderse debajo del faldón de la mesa
para asustarlos.
Su abuela siempre conjuntada,
entre zapatos, pantalón, falda o camisa.
Él no siempre al gusto de ella,
sobre todo cuando se ponía los zapatos de vestir,
calcetines blancos y
el chandal que se compraba en el mercadito.
"¿Pero tú crees que puedes ir así?"
"La mar de cómodo así Amalia".
"¿Será posible?, quien me lo iba a decir a mí".
Mientras de fondo sonaba la película del oeste
que echaban en ese Canal,
que ahora está mudo.
Si es que están aquí,
sentaditos,
encima de las palpitaciones,
encima de la melancolía con brazos
que desearían volver a tocarlos.












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