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lunes, 30 de diciembre de 2013

Una, uno, dos alturas

Salgo a correr y 6 kilómetros después llego a la fuente, enfrente de la iglesia.
Justo cuando me doy la vuelta, me lo encuentro.
Echo de nuevo a correr, sin decirle nada, aunque nos miramos.
Me sorprende porque de repente se pone a correr a mi lado, sin pronunciar palabra.
Yo sonrío, me alegra tener compañía, así se acorta el camino.
Va ligero como una pluma y su cara no tiene la mínima muestra de padecer el esfuerzo.
Me pregunto cuándo y dónde parará pero de momento creo que van 3 kilómetros y no parece tener intención de abandonarme.
Seguimos avanzando con el sonido de nuestras respiraciones como banda sonora de fondo.
Permanece a mi lado, y yo sin apenas conocerlo, ya empiezo a encariñarme.
5 kilómetros y persiste persiguiendo mis pasos como el que se aferra a la barra de un cochecito en la montaña rusa.
Quedan unos metros y ahora sí que no quiero que llegue hasta la puerta de casa, no quiero que se vuelva a sentir rechazado, no puedo quedarme con él.
Y como si hubiese escuchado mis pensamientos, se desvía hacia la puerta del comedor del colegio.
Yo acelero el paso para evitar que me vea, no me atrevo ni a girar la cabeza,me siento aliviada porque ya me ha perdido de vista.
Entiendo que se abandone el tabaco, el sedentarismo, las mentiras, la negatividad, el rencor, el orgullo, los pesticidas, conservantes y parabenos, pero no un personajillo de cuatro patas que me ha acompañado en el trayecto solitario como una garrapata desesperada buscando alimento.

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