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jueves, 12 de diciembre de 2013

Sólo dos paradas


Se sienta al lado del señor calvo y mirada risueña y en seguida le dice:

-Perdone, no he dicho ni buenos días, es que yo estoy hecha a la vieja usanza,¿sabe usted? y me gusta saludar a los que van a compartir vagón conmigo.
- Me parece perfecto, porque ahora la gente ni mira a los ojos. Los vecinos de mi finca a duras penas me saludan.
- Pues ve, a mí eso no me sucede porque llevamos todos mucho tiempo viviendo en el mismo lugar y eso es de agradecer porque uno no se siente solo, uno de los males de nuestros días.

La conversación se va animando, sobre todo por el entusiasmo que la mujer pone al empezar a explicar con gran facilidad y elocuencia sus intimidades. El hombre escucha atento sin perder detalle del relato y de repente ella da un sobresalto porque ha estado a punto de pasarse de parada. Sale escopetada hacia la puerta del tren que ya se estaba cerrando.
La conversación gratificante le había hecho olvidar su entorno y obligaciones.
El hombre se gira con una gran sonrisa y ojos brillantes, ella de espaldas, todavía algo aturdida camina por el andén.
Eran las 8 de la mañana, y nos había ragalado unos instantes de vida:
a él, sentado con su historia un trocito de huella y a mí que lo miraba a los ojos, también sonriente, unas palabras más.

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