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viernes, 15 de noviembre de 2013

Desde el otoño español para la primavera argentina

Lloraba las calles argentinas,
las del barrio que tan lejos quedaba ahora,
Isidro Casanova.
Lloraba en un coche argentino,
ya lloraba la nostalgia,
de las basuras en las aceras
de los coches y sus musicales bocinas
del olor a nafta.
Lloraba las semillas
plantadas en la tierra del alma,
las facturas y la amarga yerba mate.
Lloraba, no podía parar de llorar,
se alejaba del caótico tráfico,
de los colectivos abarrotados,
de las murgas urbanas llenas de vida,
del que vendía plantines de ruda cada mañana.
Lloraba un avioneta que anunciaba candidatos,
la primera milanesa en una isla mágica,
las pizzas en un horno de barro,
las acelgas y espinacas de
un huerto de amor.
Lloraba, no dejaba de llorar
los regalos, la entrega, la bondad, las sonrisas de
La Matanza.
Lloraba, seguía llorando,
el río de la Plata, Tigre, San Telmo, Caminito,
las manifestaciones, el tango, las chacareras,
las sambas y milongas.
Lloraba la mora blanca y la negra,
los wachiturros, los zapallos-esponja,
la pirámide curativa y un baño seco.
Se llenaba de lágrimas
el dulce de leche, las galletitas de grasa
y los primeros chinchulines.
Lloraba, lloraba de camino al aeropuerto
la despedida,
sonreía la huella del recuerdo impregnado


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