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viernes, 6 de septiembre de 2013

La nueva estación

Sentado en una gran roca, en medio de un descampado, sintió la brisa que le acarició la cara. Ya no era la misma que hacía unas semanas. Ya no era aquella que olía a rayos de luz, a bañador y bicicletas. Era distinta, le hablaba otro idioma y le anunciaba los cambios. Refrescaba su memoria y su alma. Le trasladaba a rincones de su corazón ya lejanos. Aquella brisa, aquella nueva brisa bailaba la melodía de los estuches, las cajas de lapices Alpino, las reglas de 30 centímetros, las carteras multicolor, las gomas Milán y la pila de libros que dormían en las estanterías del Pryca, que se transformó en Carrefour. Aquella brisa sin sílbidos de What's up, lo conducía a las mesas del colegio, a su casa cuando sus padres estaban todavía juntos y su hermano no se había marchado a la otra punta del mundo. Aquella brisa era melancolía de puertas cerradas, chimeneas encendidas y deberes aburridos que en aquel presente echó de menos. Era ella, sí, la había reconocido, pero hasta entonces jamás la había percibido con tal nostalgia. Era la brisa de otoño que olía a verdadera infancia, a madrugones, reencuentro con amigos y rutinas escolares. Ahora sólo quedaban imágenes de todo aquello, ya no había cole, ni profesores, ni siquiera material nuevo que comprar. Ahora la brisa le regalaba el reencuentro con sigo mismo, con su maleta de aventuras y experiencias que habían impregnado el alma. Ahora sí podía sentir que los años se acumulaban como la montaña de hojas secas que de niño le gustaba pisar. Ahora la brisa tenía un nombre, un sentido, una emoción una historia que seguía su curso hasta que el destino así lo deseara. Bienvenido nuevo Otoño, adiós Verano, hasta pronto Infancia querida.

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