blog sindria

lunes, 16 de septiembre de 2013

Intentémoslo

Me casé con él hace ya años. Yo era muy joven, creo que demasiado joven. Ya no lo quiero, más bien lo odio, lo detesto pero sin ponerle remedio sigo a su lado. Lo abrazo una y otra vez, le doy la mano cuando vamos por la calle pero sé que me hace la vida imposible. El placer que puede producirme seguir con él es efímero y a la larga me duele, me hiere, me daña y me asfixia. Pero a pesar de todo, no entiendo qué estúpida energía me obliga a mantenerle cerca. Él me deforma, me deprime, me hace ser alguien que no soy porque saca lo peor de mí y sin embargo permanece enganchado a mi piel, como una larva que me absorbe las fuerzas. Sería tan fácil pegarle una patada, olvidarlo, dejarlo atrás para que se pudriera en el pasado. Alejar su siniestra sombra que me persigue para deshacerme del peso que me impone. Si fuera tan fácil como decir adiós sin mirar atrás. Saber que no tendrás que volver a soportar lágrimas, complejos, miedos y frustración. Saber que no volverá jamás porque no lo dejarías volver a entrar, porque te sientes aire puro sin su presencia. ¿Por qué no dar el paso? por qué no pasar página y construir un presente, un nuevo futuro? Tanto se debe alargar el divorcio cuando no hay hijos, casa, ni dinero, cuando no hay ni siquiera un hombre con su nombre? Porque tan sólo te enganchaste al VICIO y es ahora, hoy, a partir de este segundo cuando está en tus manos hacerlo desaparecer, pisotearlo, maltratarlo para no dejar que haga de la vida un infierno, una enfermedad, un sinsentido.

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