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jueves, 29 de agosto de 2013

Reincidente

Con capucha, paraguas, aletas, mallot y un tutú de color amarillo fluorescente se paseaba por casa porque se aburría. El desquicio y el insoportable aburrimiento que suponía soportarse le obligó a querer reírse de sí mismo. Estaba solo, bueno, eso creyó, porque la vecina de enfrente explotó en carcajadas cuando lo vio saltar y dar dificultosas piruetas con aquellas gigantescas aletas. Tuvo ganas de sumarse a su locura, cruzar la calle, llamar al timbre y decirle si podía acompañarlo en su delirio de desesperada soledad, pero no se atrevió y se quedó mirándolo escondida detrás de la cortina, con una sonrisa que permaneció inmóvil durante muchos minutos. Ya se había fijado en él, pero era la primera vez que veía su monólogo silencioso lleno de estrambóticos movimientos. Aquella escena despertó mucho más su interés por él. Alguna de sus amigas hubiera pensado "ese tío está tronado", pero ella sólo podía ver pura originalidad y diversión. Lo había visto otras veces tocando la guitarra eléctrica en el balcón y bailar con su perro encima del sofá, pero esta vez se ganaba el premio de la admiración anónima del décimo segunda de la calle Milá i Fontanals. Se estaba enamorando sin todavía ser del todo consciente. Cada día pasaba más rato en la ventana observándolo o esperando que llegase a casa. Pero todavía no le había hablado a nadie de él, ni siquiera se había dicho a sí misma que se moría de ganas de conocerlo. Y se dio cuenta el día en que se puso triste cuando no apareció a la hora esperada. Sintió un vacío, una pequeña desilusión que le hizo comprender que se había enamorado de aquel hombre del que sólo sabía que le gustaba la música, los animales y el deporte porque ya se lo había cruzado alguna vez cuando volvía de correr. No quería volver a enamorarse, y su mente racional, vestida con bata blanca le decía a su corazón: "calla hombre, que ya estás bombeando castillos de humo". Pero no podía evitarlo. Le encantaba su pelo ondulado, su mirada tierna y aquel pendiente de madera que llevaba en el lóbulo derecho. Los días pasaban y ella y la ventana se habían vuelto muy amigas. Quería saber más de él. Se empezó a preguntar cómo serían sus besos, sus abrazos, su visión del mundo y sus manías. Ya se imaginaba compartiendo mesa, cama, aficiones e incluso llegó a tontear con la idea de una familia. Cuando las imágenes de su cerebro se habían paseado lo suficiente, se ponía seria y apretaba el botón de off para volver a la realidad. Empezó a obsesionarse, no demasiado, pero estaba más presente de lo que ella hubiera deseado. Lo veía en todas partes, e incluso un día llegó a saludar con gran efusividad a un motorista que le devolvió el saludo porque no tuvo más remedio. Se quería morir de la vergüenza,pero es que veía su cara porque su inconsciente lo reclamaba a los cuatro vientos. No sabía qué hacer. Siempre había sido muy lanzada en el tema amoroso, pero en aquella ocasión quería dejar que el destino la sorprendiese si es que éste lo hacía. Pasaban los meses y sus sentimientos se alimentaban de fantasía, de suposiciones, de esperanzas de que algo ocurriese. Pero todo seguía igual. Ella detrás de la cortina, él tocando, o haciendo estiramientos después de las largas carreras. Se debatía entre las ganas de hacerse presente ante sus ojos u olvidarse por completo de aquel hombre que tan repentinamente se había colado en su vida. Analizó la situación, se dio argumentos a favor y en contra de querer conocer a una persona de la que apenas sabía nada, pero su corazón explotó y decidió actuar. Al día siguiente, con el estómago revuelto y las piernas temblorosas lo espero en el portal de su casa con aletas, paraguas y un tutú de color azul que había comprado en una tienda de ropa de ballet. Lo vio de lejos y a medida que se acercaba su corazón daba botes como si necesitase salir huyendo de su cuerpo. Él sacó las llaves y la miró con una sonrisa irresistible. Ella sólo dijo: "¿Te gusta el ballet acuático?" Y él contestó, "sí claro, pero hasta ahora sólo lo he ensayado en tierra firme".

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