blog sindria

martes, 27 de agosto de 2013

Le dije adiós con la mano bien alta, con los pies muy firmes, con la cabeza bien erguida. A pesar de que llevaba años a mi lado, de que había compartido gran parte de mi vida y me conocía mejor que nadie. No me dio pena verle marchar. Más bien se instaló una paz, se evaporó un peso y se despidió un anciano recubierto de telarañas. Los pies firmes flotaron y la cabeza erguida sonrió con el corazón aliviado. Me alegraba alejarme de mi segunda piel, de ese amor ciego tan incondicional y tan venenoso. Fue un día, así, sin esperarlo, cuando él, que siempre había vestido de fantasma, desapareció. ¡Qué relax! Qué fuerza recobraba mi espíritu! Qué libertad tan maltratada volvía entre mis brazos con el ímpetu de los enamorados. Menos mal que te fuiste, porque sino, SEÑOR MIEDO, me hubieras hundido en la miseria más devastadora.

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