blog sindria

miércoles, 28 de agosto de 2013

LA SEÑORA FABETA

Esta es la historia de señora Fabeta, una señora pulcra, ordenada, culta, curiosa y muy meticulosa. Fabeta tenía por costumbre (hábito adquirido años atrás) lavar a máquina sus gramos y kilos de libros. Abría el compartimento correspondiente al suavizante y detergente y casi como una ceremonia, escanciaba los productos al son de la melodía de sus silbidos. Qué feliz era en aquel momento, sus libros herméticamente encerrados y el olor a lavanda le hacían brotar la sonrisa de conejo que iba en crecendo al escuchar el agua que comenzaba a llenar su aparato fetiche. Ya se imaginaba las hojas de poemas e historias bien húmedas, bien frescas, tan perfumadas que darían ganas de volver a leerlas y casi de acurrucarse entre ellas, como si se tratase de sábanas recién lavadas. Los errores de imprenta, las erratas, los acentos de más, las exclamaciones exageradas y los barbarismos acuciantes se borrarían entre lavado, aclarado y centrifugado. La espuma se mezclaba ya con la tinta, con el polvo acumulado, con las cintas de tela que en algunos libros marcaban las páginas. Fabeta se sentaba en un pequeño taburete y observaba la operación como quien admira boquiabierto una película que le absorbe hasta el punto de olvidarse de sí mismo y de todo lo que hay alrededor. Vueltas, vueltas y más vueltas, un traqueteo excitante que acabaría por dar un resultado impoluto, un fin impecable sin necesidad de borrar ni una coma o punto. Se frotaba las manos cuando el centrifugado llegaba a su punto algido y el pulso se le aceleraba cuando ralentizaba el ritmo del bombo y sobre todo al ver aparecer el parpadeo de la lucecita roja que esperaba ser apagada. Allí llegaban los segundos eternos en los que la puerta permanecía bloqueada. Se adelantaba, siempre impaciente, para poder abrir forzosamente la puerta aunque supiese que todavía no era el momento. Era entonces cuando se mordía la uña del dedo gordo del pie porque eso la calmaba bastante. Y cuando ya la tenía arrancada sabía que ya podía abrir la puertita redonda de su tesoro sagrado. Fabeta sacaba los libros uno a uno, palpando aquella pasta reblandecida. No había mayor placer para ella. Cuando ya los tenía todos fuera, tapas duras, tapas blandas, incluso libros de agua y playa, los metía en la palangana de la ropa y se dirigía al tendedero cantando a pleno pulmón (se sacaba un pulmón, lo hinchaba y así conseguía mejores agudos). Ella siempre decía que se tendedero era un pentagrama porque tenía cinco barras y por supuesto sus libros eran las notas de la banda sonora de su vida. Cuando ya los tenía todos colgados, los mimaba y les hablaba como aquellas personas que les cantan a las plantas para que crezcan sanas y contentas: "Libritos, libritos, ¡qué relucientes y resplandecientes os veis! ahora dará gusto volver a abrazaros entre mis manos, escuchar vuestros sabios consejos que alegran mis tristes días y esclarecen las dudas que me afligen en momentos de crisis. No os preocupéis porque os seré fiel, os cuidaré hasta que se me apague la luz, porque vosotros, muchos de vosotros hacéis de la soledad compartida un verdadero y auténtico placer.

No hay comentarios:

Publicar un comentario