blog sindria

sábado, 31 de agosto de 2013

Sin pronunciar

Silencio en el interior. Silencio en el exterior. Silencio el pensamiento. Silencio la vulnerabilidad, la fragilidad, la palabra. Para escuchar la intuición, para escuchar el corazón, para no esperar, para ser. Con o sin límites, con o sin dudas, con o sin sueños. Silencio para correr, para volar. Mucho silencio sabio de certezas sin miedo. Silencios acompañados. Silencios de derecho de admisión. Silencios de pacto, de promesa, de respeto hacia uno mismo. Silencio de cambio, de voluntad, de paz. Silencio que apacigua. Silencio educado. Silencio que protege, que lucha. Silencio de abrazo sincero, de horas perdidas, de profunda reflexión. Silencio que ahoga el alma en pena. Silencio de consuelo, de aprobación, de aceptación. Silencio consciente. Silencio que acuna. Silencio que no pide ni exige. Silencio que actúa. Silencio que pregunta cómo y cuándo. Silencio único y necesario. Silencio de amada soledad. Silencio de consejos sin voz. Silencio sereno, que asoma como rayos de luz por una oscura habitación. Más silencio y más escucha. Más silencio y más conocimiento. Más silencio, menos reproches. Por favor, silencio en la sala porque estamos educando al hijo que todos llevamos dentro: Se llama Cerebro.

viernes, 30 de agosto de 2013

Remolinos

En un ring, encima de una tabla de pong-ping (para que rime...), en una pista de tenís (para que rime también...). No, no es lo que vosotros imagináis, no hablaré de lujurias y lascividades sino de sentimientos que como pelotas y golpes van dando tumbos enfrentados. Amor/Odio, Odio/Amor, Rencor/Agradecimiento, Reproches/Comprensión, así transcurren deportivamente los partidos sin raquetas ni patadas. Unas veces en el campo contrario, marcando puntos que nos hacen creer ir ganando, otras veces en el nuestro sintiendo la derrota, desilusión, decepción y aceptación de los errores que nos llevan a perder lo que un día pensamos sería casi eterno. Una mañana el cerebro levanta pesas de 100 kilos para decirle a su cuerpo que todoo está en orden, que el entrenamiento está superado, pero es al día siguiente cuando acechan los recuerdos cuando todo lo que nos pareció liviano se convierte en un fardo que nos oprime todo sentimiento de optimismo. Y el día en que las pesas se mantienen en lo alto de la cima sabemos que ha venido a visitarnos el olvido, con sus vendajes, inyecciones y medicamentos para curar el punzante dolor que padecía nuestra alma. Cuando el rechazo se vuelve indifirente y la añoranza no abraza las lágrima, es ahí, en ese preciso instante en el que uno sabe que el tiempo ha enterrado el sufrimiento. La mente ya no evoca el pasado con sus imágenes permanentes invadiendo nuestro espacio vital. Nos liberamos para flotar fuera de culpas y angustia acumulada. Nos reinventamos para renacer hacia un nuevo destino sin placenteras placentas conocidas.

jueves, 29 de agosto de 2013

Reincidente

Con capucha, paraguas, aletas, mallot y un tutú de color amarillo fluorescente se paseaba por casa porque se aburría. El desquicio y el insoportable aburrimiento que suponía soportarse le obligó a querer reírse de sí mismo. Estaba solo, bueno, eso creyó, porque la vecina de enfrente explotó en carcajadas cuando lo vio saltar y dar dificultosas piruetas con aquellas gigantescas aletas. Tuvo ganas de sumarse a su locura, cruzar la calle, llamar al timbre y decirle si podía acompañarlo en su delirio de desesperada soledad, pero no se atrevió y se quedó mirándolo escondida detrás de la cortina, con una sonrisa que permaneció inmóvil durante muchos minutos. Ya se había fijado en él, pero era la primera vez que veía su monólogo silencioso lleno de estrambóticos movimientos. Aquella escena despertó mucho más su interés por él. Alguna de sus amigas hubiera pensado "ese tío está tronado", pero ella sólo podía ver pura originalidad y diversión. Lo había visto otras veces tocando la guitarra eléctrica en el balcón y bailar con su perro encima del sofá, pero esta vez se ganaba el premio de la admiración anónima del décimo segunda de la calle Milá i Fontanals. Se estaba enamorando sin todavía ser del todo consciente. Cada día pasaba más rato en la ventana observándolo o esperando que llegase a casa. Pero todavía no le había hablado a nadie de él, ni siquiera se había dicho a sí misma que se moría de ganas de conocerlo. Y se dio cuenta el día en que se puso triste cuando no apareció a la hora esperada. Sintió un vacío, una pequeña desilusión que le hizo comprender que se había enamorado de aquel hombre del que sólo sabía que le gustaba la música, los animales y el deporte porque ya se lo había cruzado alguna vez cuando volvía de correr. No quería volver a enamorarse, y su mente racional, vestida con bata blanca le decía a su corazón: "calla hombre, que ya estás bombeando castillos de humo". Pero no podía evitarlo. Le encantaba su pelo ondulado, su mirada tierna y aquel pendiente de madera que llevaba en el lóbulo derecho. Los días pasaban y ella y la ventana se habían vuelto muy amigas. Quería saber más de él. Se empezó a preguntar cómo serían sus besos, sus abrazos, su visión del mundo y sus manías. Ya se imaginaba compartiendo mesa, cama, aficiones e incluso llegó a tontear con la idea de una familia. Cuando las imágenes de su cerebro se habían paseado lo suficiente, se ponía seria y apretaba el botón de off para volver a la realidad. Empezó a obsesionarse, no demasiado, pero estaba más presente de lo que ella hubiera deseado. Lo veía en todas partes, e incluso un día llegó a saludar con gran efusividad a un motorista que le devolvió el saludo porque no tuvo más remedio. Se quería morir de la vergüenza,pero es que veía su cara porque su inconsciente lo reclamaba a los cuatro vientos. No sabía qué hacer. Siempre había sido muy lanzada en el tema amoroso, pero en aquella ocasión quería dejar que el destino la sorprendiese si es que éste lo hacía. Pasaban los meses y sus sentimientos se alimentaban de fantasía, de suposiciones, de esperanzas de que algo ocurriese. Pero todo seguía igual. Ella detrás de la cortina, él tocando, o haciendo estiramientos después de las largas carreras. Se debatía entre las ganas de hacerse presente ante sus ojos u olvidarse por completo de aquel hombre que tan repentinamente se había colado en su vida. Analizó la situación, se dio argumentos a favor y en contra de querer conocer a una persona de la que apenas sabía nada, pero su corazón explotó y decidió actuar. Al día siguiente, con el estómago revuelto y las piernas temblorosas lo espero en el portal de su casa con aletas, paraguas y un tutú de color azul que había comprado en una tienda de ropa de ballet. Lo vio de lejos y a medida que se acercaba su corazón daba botes como si necesitase salir huyendo de su cuerpo. Él sacó las llaves y la miró con una sonrisa irresistible. Ella sólo dijo: "¿Te gusta el ballet acuático?" Y él contestó, "sí claro, pero hasta ahora sólo lo he ensayado en tierra firme".

miércoles, 28 de agosto de 2013

LA SEÑORA FABETA

Esta es la historia de señora Fabeta, una señora pulcra, ordenada, culta, curiosa y muy meticulosa. Fabeta tenía por costumbre (hábito adquirido años atrás) lavar a máquina sus gramos y kilos de libros. Abría el compartimento correspondiente al suavizante y detergente y casi como una ceremonia, escanciaba los productos al son de la melodía de sus silbidos. Qué feliz era en aquel momento, sus libros herméticamente encerrados y el olor a lavanda le hacían brotar la sonrisa de conejo que iba en crecendo al escuchar el agua que comenzaba a llenar su aparato fetiche. Ya se imaginaba las hojas de poemas e historias bien húmedas, bien frescas, tan perfumadas que darían ganas de volver a leerlas y casi de acurrucarse entre ellas, como si se tratase de sábanas recién lavadas. Los errores de imprenta, las erratas, los acentos de más, las exclamaciones exageradas y los barbarismos acuciantes se borrarían entre lavado, aclarado y centrifugado. La espuma se mezclaba ya con la tinta, con el polvo acumulado, con las cintas de tela que en algunos libros marcaban las páginas. Fabeta se sentaba en un pequeño taburete y observaba la operación como quien admira boquiabierto una película que le absorbe hasta el punto de olvidarse de sí mismo y de todo lo que hay alrededor. Vueltas, vueltas y más vueltas, un traqueteo excitante que acabaría por dar un resultado impoluto, un fin impecable sin necesidad de borrar ni una coma o punto. Se frotaba las manos cuando el centrifugado llegaba a su punto algido y el pulso se le aceleraba cuando ralentizaba el ritmo del bombo y sobre todo al ver aparecer el parpadeo de la lucecita roja que esperaba ser apagada. Allí llegaban los segundos eternos en los que la puerta permanecía bloqueada. Se adelantaba, siempre impaciente, para poder abrir forzosamente la puerta aunque supiese que todavía no era el momento. Era entonces cuando se mordía la uña del dedo gordo del pie porque eso la calmaba bastante. Y cuando ya la tenía arrancada sabía que ya podía abrir la puertita redonda de su tesoro sagrado. Fabeta sacaba los libros uno a uno, palpando aquella pasta reblandecida. No había mayor placer para ella. Cuando ya los tenía todos fuera, tapas duras, tapas blandas, incluso libros de agua y playa, los metía en la palangana de la ropa y se dirigía al tendedero cantando a pleno pulmón (se sacaba un pulmón, lo hinchaba y así conseguía mejores agudos). Ella siempre decía que se tendedero era un pentagrama porque tenía cinco barras y por supuesto sus libros eran las notas de la banda sonora de su vida. Cuando ya los tenía todos colgados, los mimaba y les hablaba como aquellas personas que les cantan a las plantas para que crezcan sanas y contentas: "Libritos, libritos, ¡qué relucientes y resplandecientes os veis! ahora dará gusto volver a abrazaros entre mis manos, escuchar vuestros sabios consejos que alegran mis tristes días y esclarecen las dudas que me afligen en momentos de crisis. No os preocupéis porque os seré fiel, os cuidaré hasta que se me apague la luz, porque vosotros, muchos de vosotros hacéis de la soledad compartida un verdadero y auténtico placer.

martes, 27 de agosto de 2013

Experimentos del corazón

Uno: Detrás del pecho está acurrucado, desolado, abandonado y más seco que una pasa. Ha llorado todas las lágrimas que lo inundaban, ha sentido el frío que se colaba por todas las rendijas, ha olido el abandono y ahora no sabe qué hacer con el amor que recorre su alma. A veces lo entrega en forma de abrazos, otras modela y regala besos pero sobre todo escribe y describe la ausencia que le acecha como la imagen intocable que lo imagina cada noche. Late, bombea, suspira y acumula vacíos que nada pueden llenar. Se viste de noche sin lunas ni estrellas. Desayuna carbón amargo. Come morcilla, merienda aceitunas negras y cena sopa de tinta de calamar. No sale de paseo porque si lo hace acaba en el solitario cementerio, velando por el amor de orificio, el amor en tumba el podrido amor en nicho. Dos: Se desconchan uno a uno, como trocitos de pared que se van cayendo, todos los pensamientos o quizá convicciones que formaban parte de un futuro que deseábamos construir. Se desprende la ilusión, cae la confianza, se despega la intimidad, se arranca las ganas y la ilusión. Un muro desnudo, blanco, liso, mudo, solo y despedazado. Entre muro y muro ya no hay palabras, no quedan caricias ni miradas,besos ni sonrisas. No suenan confidencias ni secretos y no se escuchan sonidos de aliento. Tres: Te paseas conmigo, muy liviano aunque no camines Te doy la mano aunque no la cojas, aunque no la sientas Te doy las buenas noches aunque no me escuches, aunque no me veas Te duermes, a mi lado, aunque no peses, aunque no respires Te estrecho entre mis brazos aunque seas viento, aunque seas ilusión Me deseas con lujuria aunque seas fantasía, aunque seas anhelo Me hablas de tus cosas aunque no haya ni palabras ni oídos Te añoro aunque duela, aunque no quiera Me callo aunque no me lo pidas Me despierto, contigo, aunque sólo ha sido un sueño, siempre y sólo en sueños,menos real de lo que desearía, más cerca de lo que tengo.

Inspiraciones efímeras

Borracha sin una gota de alcohol. Tontería y alegría suben a la cabeza como las burbujas del champagne. Tiemblan las piernas y la voz. Me olvido del pasado que atormenta y me embriaga tu sonrisa y tu mirada. Se elevan los pensamientos, abren las alas y bailan con los sueños entre nubes que acompañan mi ligera fantasía. Agarro las riendas de la emoción porque el caballo desbocado imagina el futuro sin límites. Vuelvo a la tierra pero no puedo dejar de mirarte. Tu presencia es inyección de adrenalina, dosis gratuitas de endorfinas que aletean como un colibrí cerca de una flor. Retengo el deseo para no escribir guiones que sólo escucho mientras disimulo mi excitación. Qué bueno el reencuentro, qué lindo regalo inesperado del destino nocturno.
Le dije adiós con la mano bien alta, con los pies muy firmes, con la cabeza bien erguida. A pesar de que llevaba años a mi lado, de que había compartido gran parte de mi vida y me conocía mejor que nadie. No me dio pena verle marchar. Más bien se instaló una paz, se evaporó un peso y se despidió un anciano recubierto de telarañas. Los pies firmes flotaron y la cabeza erguida sonrió con el corazón aliviado. Me alegraba alejarme de mi segunda piel, de ese amor ciego tan incondicional y tan venenoso. Fue un día, así, sin esperarlo, cuando él, que siempre había vestido de fantasma, desapareció. ¡Qué relax! Qué fuerza recobraba mi espíritu! Qué libertad tan maltratada volvía entre mis brazos con el ímpetu de los enamorados. Menos mal que te fuiste, porque sino, SEÑOR MIEDO, me hubieras hundido en la miseria más devastadora.