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jueves, 15 de marzo de 2012

En la carretera

La carretera serpentea y mientras mis manos sujetan ligeramente el volante para seguir minuciosamente los límites de mi camino, no sé por qué, me invade la sensualidad repentina. Esas curvas que giran suavemente de izquierda a derecha y yo, conduciendo por ellas como si se tratase de un cuerpo desnudo sobre el que lentamente nos movemos, con mucha calma decisión y amor.
Curvas de las que no podemos salirnos, a las que debemos pegarnos sin posibilidad del mínimo error, con seguridad y al mismo tiempo con la libertad de poder recorrer las rutas a veces sinuosas, a veces rectas, otras rápidas y otras lentas.
Como un baile en pareja que se acelera y se detiene para volver a retomar velocidad, un camino que nos mece dulcemente, que nos hace avanzar hacia un destino casi siempre placentero y explosivo.
El movimiento oscila entre camino y conductor.Unas veces recorren nuestro camino, otras conducimos con pasión. Conducir, conducidos, ¡qué placer mover, moverse y acelerar cambiando de marchas sin cesar!. La carretera está caliente, el asfalto abrasa, el calor sube por cada poro de la autopista y somos felices porque llegamos a casa o volvimos a lugares donde estuvimos mucho tiempo atrás. Niños despreocupados que juegan a carreras y liberan sin palabras sus deseos, sus sueños y su imaginación. Lágrimas que alivian las penas de soledad, risas descontroladas que nos hacen olvidar quiénes somos al escucharlas. Pómulos rojo amapola y gotas de rocío caminan sobre la piel que se estremece.
Llegamos, condujimos nuestros cuerpos allí donde queríamos llegar.

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