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martes, 20 de marzo de 2012

Cartones

Abrió el armario y escogió un cartón. Tenía uno para cada ocasión. El de paseador de perros, lector de novelas para ciegos, niños y ancianos, escuchador sin título psicológico, exprimidor de naranjas,empujador de metro, masajista intuitivo sacador profesional de mocos...
Según lo que le apetecía, cada mañana vestía uno u otro y se dirigía hacia el banco donde le esperaba un futuro incierto. La calle se había convertido en un escaparate sin vidrio donde poder mostrar sus capacidades y hacer el bien con cada una de ellas. Tenía la esperanza, la pequeña esperanza de que al menos se acercara alguien para pedirle un masaje, que paseara al perro o sencillamente encontrar un espacio donde leer para las personas que ya no podían hacerlo. Pensó que no era tan complicado, una lista a la vista, una presencia cercana, un diálogo, unas monedas para ir desenvolviéndose en el día a día y listo.
Qué sencillo resultaba creer que el trabajo y el dinero no eran un problema, que todo lo que imaginase ser capaz de hacer lo haría sin trabas, impedimentos ni esperas a ser descubierto, examinado y contratado por mentes ambiciosas.
Sus cartones se habían convertido en una extensión de su piel, los retocaba, los redecoraba y sin darse cuenta los hacía cada vez más grandes. Tan grandes que un día se sorprendió a sí mismo pintando uno de ellos como si se tratara de un lienzo.
"Quizá no encuentre trabajo" se dijo, pero puedo pasar el rato pintando cartones hasta que alguien se acerque a preguntar.
Empezó a pintar y pintar y las horas volaban.
Sintió que estaba topándose con su destino, algo que jamás había buscado comenzaba a despertar desde lo más profundo de su alma. La necesidad imperiosa de inventar le invadió y se convirtió en una droga cuya cantidad iba aumentando a medida que nacían sus personajes de la nada.
Poco a poco fue acumulando cartones y hubo gente que comenzó a acercarse para preguntarle por cuánto los vendía.
No se había parado a pensar en aquello, ¿precio? se preguntó.
No conseguía trabajo de lo que él deseaba y le querían pagar por un pasatiempo que había descubierto por casualidad.
Dijo un precio al azar y vendió su primer cuadro-cartón reciclado.
Con el tiempo fue vendiendo más cuadros y en el barrio se le apodó el cartonero feliz. Sus dibujos llegaron a casas, museos, bares incluso en exposiciones que se organizaban en los trenes.
Jamás imaginó que un material tan sencillo llegara a transformarse en lo que se llegó a considerar como obras.
Eran muchos los que usaban material reciclado para crear, y es que el arte nace del ser y no del tener. Lo que cuenta es el sentimiento, las ganas, la emoción, la ilusión y la imaginación de construir mundos inexistentes dentro de este mundo al que todos pertenecemos.

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