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martes, 21 de febrero de 2012

Se detuvo

Abrí el congelador y de allí salieron dos pingüinos: "Hemos venido de tu sueño y como hacía mucho calor nos hemos venido a refrescar".
Es verdad que hacía calor pero seguramente estaba soñando. Volví a abrir el congelador y acurrucados se sonreían el uno al otro. Volví a la cama junto a su cuerpo tumbado, cerré los ojos, los abrí y volví a cerrarlos como un niño que juega con un interruptor. "No estoy soñando, hay dos pingüinos en el congelador".
Me levanté, volví a la cocina y con mucho ímpetu abrí el congelador y se oyó decir: "el amor congela".
No entendí aquella contradicción espontánea, "congela, paraliza, el amor es un cubito, un gran cubito de hielo".
Salí escopetada de la cocina pensando en que me estaba volviendo loca. Me metí en la cama, junto a su cuerpo caliente que tanto me encantaba abrazar y lo estreché contra mí, todo lo fuerte que supe, él abrió los ojos, yo abrí los míos y al mismo tiempo los volvimos a cerrar. El amor congela, paraliza, detiene porque en aquel momento el amor se hizo iglú, mediterráneo, pero iglú en el que estalactitas indican los segundos, minutos, horas y la realidad toma forma de inmenso muñeco de nieve. Solté los brazos, separé mi pecho, tomé aire, suspiré y le miré. A mi alrededor, todo parecía en su sitio. En la habitación no había vaho, ni copos de nieve, tampoco vi esquimales besándose con la nariz, pero el tiempo se había congelado por un instante. Entre su piel sólo había silencio helado de amor. Volví a la cocina, abrí de nuevo el congelador y allí sólo quedaban cubitos de amor.

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