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jueves, 9 de febrero de 2012

Helga y otras mujeres

HELGA (FORMA SUECA DE OLGA, viene de hellig, santo. Pura, inocente bondad y perfección espiritual)

Helga formaba parte de un grupo llamado los hachemitas. Muchos pensaréis que tiene relación con una dinastía árabe emparentada con Mahoma, pero muy lejos de esta definición los hachemitas son fieles defensores de la letra H. Allí donde los académicos lingüísticos negaban el silencio de esta espléndida letra, estaba Helga, fiel a su cita, como una de las madres de la plaza de mayo, para reivindicar la brillantez y la elegancia que esta muda letra daba a las palabras.
Helga, como muchos defensores de la lengua no quería que se perdiese estas dos paralelas conectadas entre sí por un puente que provenía del hebreo. Esa letra comodín que junto a la C, podía crear hermosas palabras: chorizo, chiste, chistorra, chata, chollo, chicle…y un gran etcétera que podríais completar echando un ojo al diccionario.
Hormiga, harmonía, harmónica, hiedra. ¡Qué serían todas ellas sin la protección que entregaba el escudo de la señora H. Aquella letra era un verdadero misterio y en el único momento en el que podíamos escucharla era cuando un español se ponía a hablar en inglés: hot mail se tranformaba en “jot mail”, i have en” i jav” y los mejores hits en “jits”. A Helga le resultaba muy gracioso porque le sucedía lo mismo cuando la gente la llamaba por su nombre: JELGA, aunque luchaba por los derechos de la hache, entendía que la gente necesitara hacerla sonora cuando se referían a palabras castellanas. En realidad era el único momento en el que podía hacer que existiera aquel fantasma que no vestía de blanco pero sí que pasaba desapercibido con su sigilo. Esa era la hache, una gran tímida que no necesitaba hablar pero que era fiel compañera de sus amigas. Una hache que perduraba en la historia del abecedario y que como tal era digna de seguir existiendo. ¿Por qué eliminarla? ¿Deberíamos entonces eliminar cada una de las letras que no se pronuncian en otros idiomas?
Helga pensaba que la existencia de aquella pretendida desterrada tenía una lógica explicación etimológica y que por tanto defendería su presencia con fervor hasta que acabaran sus energías. Helga no estaba sola, cada día eran más los hachemitas que se sumaban a la causa y que luchaban por un mundo con hache. Ésta era la única manera de que el lenguaje no se fuera perdiendo, de que la riqueza de las palabras no fuera arruinándose hasta caer en la pobreza más absoluta. Si la hache se perdía por la oscuridad universal, con el tiempo desaparecería la V o la B y después se borrarían los acentos y quizás escribiríamos N delante de P y B. Para Helga era una hecatombe que se olvidaran de su magnífica letra, aquella que a pesar de estar tan callada había dado mucho de que hablar. Ella, desde su tierna infancia había estado predestinada a defender la primera letra de su nombre que con tanto orgullo escribía. “Helga sin hache no sería lo mismo”, se decía, aunque a veces le costaba explicar este sentimiento. Para ella era como aquella sinfonía a la que le faltaba una nota, una coreografía sin ritmo, un amor al que le faltaba chispa, un chiste que no tenía sonrisa.

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