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lunes, 20 de febrero de 2012

Entre sombras de luz

Con cuchillo y tenedor así es como les gustaba tomarla. Sin demasiada sal, con algo de especias provenzales, al punto, ni demasiado fina pero tampoco muy gruesa, algo que no fuera horriblemente difícil de digerir.
Solos con mucha calma, bien sentados, sin ruidos, sin gentes y en muy delicado secreto de estado.
La masticaban lentamente, saboreando los matices, sintiendo como la saliva inundaba la boca, como se deshacía poco a poco hasta pasar a un segundo plano, que quizá se añadía a un primero que alimentaban desde hacía tiempo. Plano más plano iban creando secuencias, cada vez más largas, pero siempre, siempre, mudas. Nadie podía enterarse de aquel ritual, nadie debía saber que aquel plato llamado tristeza alimentaba almas calladas que tragaban en medio de una infinitud de médanos desérticos.
Nadie debía compartir aquel plato en el que cada día se ahogaban engullendo palabras y energía que jamás saldría.
Tristeza que daba vergüenza, tristeza de cita a ciegas con la propia conciencia, de solitario tête a tête.
Tristeza de angustias apenadas y frustradas que tantos días era devorada por la melodía del pentagrama silencioso.
Tristeza ¡cuántos cuchillos y tenedores te quedan por probar!
¡Ay tristeza! cuántas bocas te esconden entre dientes de rabia y dolor!
Muchos no hablan de ti, tristeza, o muchos no quisieran presentarte, pero allí te avecinas en las moradas de piel y hueso, en el plato, de a menudo, cada día.
Tristeza, no inundes demasiado y sal de vez en cuando porque parece que cuando te comparten desapareces por unos instantes.

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