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martes, 28 de febrero de 2012

Amor emparejado

Nunca caminaban de la mano cuando iban por la calle, él siempre iba delante y ella detrás. Su hijo al recordarlo decía que era la manera que tenía su padre de protegerla,o a lo mejor así podía mirar a todas las mujeres guapas con las que se cruzaba por la calle sin ser visto, "eran otros tiempos" y él, por el contrario, le encantaba coger de la mano a su mujer cuando paseaban, aunque a ella no le gustase porque iba mucho más lenta. También contaba que si a su padre no le gustaba la película que iba a ver al cine ,se levantaba obligando a su madre a hacer lo mismo y marchar. Aunque aquello podía ser motivo de discusión, tal era el respeto que se tenían,que jamás se decían nada.
A él, como a su padre le pasaba lo mismo, aunque con la diferencia de que no salía de la sala sino que intentaba conversar con su mujer rusa mientras ella hacía grandes esfuerzos por entender la película en catalán. "Calla por favor me interesa y no cierras la boca". Cosas de familia que se transmiten de padres a hijos, de madres a hijas, de padres a hijas y de madres a hijos y aunque a menudo querríamos evitarlo, nos sale de forma natural.
Él y su mujer rusa vivían en un pueblo del Vallés Oriental, y él explicaba que vino a vivir por los borregos y no se refería a los animales sino a los famosos panecillos de anís que tanta tradición tenían.
En aquel pueblo, que era conocido como pueblo verde, ellos intentaban comprender y buscar el sentido de la vida. Cada uno con su filosofía particular, con sus valores y su moral. A él de vez en cuando le gustaba fumar algo de hierba y entender al ser humano con toda su complejidad, sentirse joven y aprovechar los momentos que se presentaban para salir de la rutina en la que estaba inmerso.
A ella no le gustaba nada y cuando volvía a casa (él ya sabía lo que le esperaba) caía una bronca en la que no importaba que hubiera gente delante, le superaba aquello, no podía ni mirarlo a la cara y culpaba a sus hijos, porque no eran suyos, de malinfluenciarlo.
Pero que le vamos a hacer, cada uno de nosotros somos responsables de nuestros actos y nada ni nadie nos obliga a hacer algo que no deseemos hacer.
A pesar de ello, a ella le sacaba de sus casillas verlo divagar en sus mismas elucubraciones. Y es que la vida, es una repetición de actos, costumbres, de palabras, de conflictos, de emociones, de sentimientos, de historias que vivimos junto a las personas que queremos y a las que al mismo tiempo a veces odiamos y no soportamos.
Y así decía él: "Nos soportamos, en eso consiste".
Ella se quejaba de que siempre le contaba las mismas anecdotas y cuando se cansaba de escucharlo desconectaba para que sus palabras se convirtieran en un mero zumbido al que ya ni siquiera prestaba atención."¿Por qué no me habla de algo nuevo?
¿Algo que no conozca?" decía entre la indignación y la burla.
Supongo que ahí reside la gracia, en que lo que nos resulta repetitivo en cierto momento, en la ausencia, lo echamos de menos porque es un universo que se ha creado entre dos, y si uno de los compositores falta la sinfonía ya no suena igual. Hay algo que de repente se queda cojo y huérfano. Lo que llegamos a odiar nos llega hasta resultar gracioso cuando se lo contamos a alguien, esté o no esté delante la persona a la que queremos. A menudo la rabia que sentimos no tiene motivo ni explicación.¡Qué fácil sería reír como lo hacemos cuando vemos las mismas situaciones en la televisión, pero cuando nos toca de cerca ya no nos parece tan gracioso.
El caso es que aquella tarde después de volver de una buena calçotada él llegó a casa acompañado por su hija y una amiga de ésta porque tenía miedo de lo que le esperaba. "Quedaos a tomar té" y mientras les decía que se sentaran se oía refunfuñar a su mujer con cara de perro en el sofá. La amiga se sentía algo incómoda en aquella situación y a pesar de que lo único que quería era salir de allí y quitarse el olor a barbacoa acabaron por sentarse los 3 en la mesa.
"No hay nada para merendar, tampoco hay tazas y no pienso lavarlas y si quieres té te lo haces tú. Estoy harta, cada vez que te vas con ellos haces lo mismo, bebes y fumas".
"Pero si no ha fumado nada, ni tampoco bebido, decía su hija, deja de hacerte ollas"
En ese momento se acercó a la mesa y dijo: "huele a pesacado frito"
"Es de la barbacoa", dijo él.
Le pegó una colleja y le dijo: "Mañana verás, hoy no, pero te voy a castigar"
Y así como si nada se fue a la cocina, empezó a sacar galletas, borregos y rosquillas, se hizo un té y se sentó a compartir la merienda que había empezado algo amarga.
Qué extraño resultaba todo, pensaba la amiga de la hija, es como cuando los niños se enfadan y dan la vida en el llanto y a los 5 minutos ya ni siquiera se acuerdan de porque estaban llorando.
Lo más probable es que la vida iría pasando y estas situacines se repetirían una y otra vez, él aprovecharía algún evento para darse algún placer y ella en casa iría acumulando odio preparado a ser disparado sin esperar a que la puerta se cerrara.
Había pasado ya diez años, y ni uno ni el otro sabían cuántas veces habían vivido la misma situación, pero sin embargo se querían y lo que más odiaban el uno del otro sería sin duda lo que más echarían de menos en el futuro en el que uno de los dos no estuviese presente.

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