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viernes, 20 de agosto de 2010

El tren

En un regional(ese que tarda 5 horas)camino a Barcelona andaba leyendo Maus, el comic que relata la historia de un polaco superviviente de los campos de exterminio nazis y donde los protagonistas, como bien indica el título son ratones.
Ironías, casualidades o coincidencias de la vida cuando llego a la parte donde Art Spigelman describe una escena en la que un gran número de judíos están hacinados unos encima de otros en un tren, que transportaba caballos y vacas, hacia no se sabe qué lugar se detiene el regional a la altura de Vinaròs.
Continuaba leyendo y viajando a través de las páginas que se volvían más crudas a medida que aumentaban los detalles de la historia:"Sólo sobrevivimos 25 de los 200 que íbamos en el vagón.Se paró el tren y durante días y noches, nada, sin agua, ni comida y sólo con los gritos como eco incesante. La gente se meaba y cagaba allí mismo y yo comía nieve del techo del vagón".
Allí, con aquellas imágenes retumbando en mi cabeza, empiezo a escuchar las quejas de los pasajeros impacientes porque ya llevábamos media hora parados sin saber el motivo.
Una pareja con un niño de unos 8 años padecía porque su hijo estaba cansado, hambriento y llegaría demasiado tarde a casa. Todo ello a pesar de que se había tomado un colacao con galletas y la madre al cabo de una hora le había dado un paquete de papas. El padre se levantaba persiguiendo al revisor para enterarse de algo al mismo tiempo que no dejaba de decir que aquello era una verdadera vergüenza.
Justo en el asiento de atrás había una mujer preocupadísima por si le daría tiempo coger el siguiente tren hacia San Celoni, justo el mismo que yo cogía, y que finalmente cogimos una sentada en frente de la otra.
Entre caras de ofuscación, impaciencia, malestar y nervios el tren estuvo detenido una hora. Pero con la diferencia de que durante aquella insignificante hora,en aquellos estúpidos 60 minutos, nadie murió de inanición o asfixia. No había lloros, ni gritos, ni dolor, ni oscuridad, ni montañas de cuerpos que se iban derrumbando como edificios después de un terremoto.
En aquel regional, vaya casualidad, un viernes 13 de 2010, nadie tuvo la mala suerte de padecer dolor, angustia, injusticia, impotencia, rabia, desolación, represión o cualquier sentimiento de opresión o violencia en sus carnes.
Allí, entre vagones bien iluminados y cómodos y donde los pasajeros que allí nos encontrábamos sí conocíamos nuestro destino, me di cuenta de la suerte que un ser humano puede tener cada día en su vida y lo poco que se puede llegar a apreciar cuando nos olvidamos de que en un mismo tren años atrás hubo gente cuyo destino si fue realmente el de un viernes 13 con todas sus connotaciones.

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